14 ene. 2010

La revolución del impresionismo


Las obras maestras del Museo de Orsay desembarcan en la Fundación Mapfre

Los nombres de Manet, Monet, Renoir, Sisley o Cézanne están ligados a uno de los momentos del máximo esplendor de la pintura: el impresionismo. Su pincelada ligera, sus colores y sus temas lo han convertido en la corriente artística más popular de la historia del arte. Movimiento genuinamente francés, su residencia habitual es el parisiense Museo de Orsay, una de las pinacotecas que, año tras año, más visitantes recibe en todo el mundo. La esencia revolucionaria de lo que fue este deslumbrante grupo de artistas puede contemplarse desde hoy, a través de 90 obras maestras, en la sede madrileña de la Fundación Mapfre.

La muestra Impresionismo. Un nuevo Renacimiento, llamada a ser el gran acontecimiento artístico de la temporada, ocupa las dos salas principales de la fundación. El 90% de las obras no se habían visto nunca en España y el 70% no había salido nunca de la antigua estación de trenes que ocupa el museo a orillas del Sena.

Los comisarios Pablo González Burillo, responsable de exposiciones de la Fundación Mapfre, y Guy Cogeval, director del Museo de Orsay, explicaron ayer que el proyecto ha sido posible gracias a las obras de remodelación y ampliación que actualmente se realizan en París.

Cogeval precisó que los tesoros de la colección están ahora divididos en dos exposiciones: esta de Madrid y una segunda en Australia. La colaboración e intercambio permanente entre estas dos instituciones es lo que ha hecho posible que las salas elegidas sean las de la Fundación Mapfre.

Lo cierto es que han pesado tanto las buenas relaciones como la capacidad presupuestaria. González Burillo reconoció que ésta es la exposición más cara realizada hasta el momento por la fundación, ya que la prima del seguro ha sido de un millón de euros. Pero para él no hay nada comparable a la oportunidad de presentar una colección de obras que suponen el nacimiento del mundo moderno a nivel artístico.

Esta auténtica revolución en la forma de entender el arte se produce en un momento dramático para Europa en general y para Francia en particular: acaba de terminar la guerra entre Francia y Prusia (1870-1871) y los sucesos de la Comuna (1871) convierten París en una ciudad deshecha a golpe de cañonazos.

Édouard Manet y su célebre óleo El pífano (1866) sirven de hilo conductor para contar un periodo en el que, junto a los impresionistas y su capacidad de transmitir felicidad a través de la pintura, conviven artistas vinculados al mundo más académico, como Puvis de Chavannes (El globo, de 1870) o los que llevan las técnicas fotográficas a la pintura, como Gustave Caillebotte con su asombrosa pintura Los acuchilladores de parquet (1875).

Pero es Manet, sobre todo después de su viaje a España, quien impone la revolución volviendo la mirada a los maestros de la pintura antigua española. Y sobre todos ellos, Velázquez. Jiménez Burillo explicaba ayer que lo que propone Velázquez es que hay que enfrentarse al arte partiendo de cero, reinventando todo. "Con los impresionistas vuelve a empezar la historia del arte. Quieren contar la historia de otra manera y consideran que tienen la obligación de hacer llegar lo que sienten al máximo de gente posible".

En ese nuevo mundo entran los paisajes helados de Albert Sisley, Bajo la nieve: era de una granja en Marly (1876); las miradas sobre el Sena y los inconfundibles retratos de Auguste Renoir. Llegan después los campos anegados de escarcha de Camille Pissarro o el inquietante retrato de La casa del ahorcado de Paul Cézanne (1873). Las dos salas finales son una apoteosis del impresionismo: La clase de danza (1876), de Edgard Degas, es el mejor cierre posible.

El País 14-1-10

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