9 feb. 2010

Barceló, inventario del caos

Acuarelas, dibujos, pósters... CaixaFórum Madrid expone 25 años de trabajo del artista de Felanitx



La multiplicación de los panes y los peces -y de los pulpos y las amebas, y de las vísceras y las frutas, y de los monos y las cabras-, siempre fue interpretada por Miquel Barceló (Felanitx, Mallorca, 1957) en forma de un caos falsamente ordenado, de un inventario infinito de cosas, animales y personas pasado por el túrmix de lienzos maltratados e invadidos hasta la crueldad. En lo que supone la primera gran retrospectiva del artista vivo español más cotizado e influyente desde aquella montada hace más de una década en el Macba de Barcelona, las salas de Caixaforum Madrid abren su espacio a ese caos, compuesto esta vez de 180 obras entre pinturas, cerámicas y acuarelas.

El Príncipe de Asturias de las Artes 2003 se presenta en Madrid en forma de un cruce de caminos entre ángel exterminador y poeta orgánico, a través de siete salas que quieren ser el compendio de siete universos: un auténtico agujero negro (como sus célebres forats) de 25 años que, bajo el misterioso epígrafe La solitude organisative ('La soledad organizativa') recorre la trayectoria del artista.

Un cuarto de siglo ya (el tiempo pasa rápido, también para Miquel Barceló, que firmó su primera muestra individual en 1974 en una galería mallorquina). Un cuarto de siglo que se abre con el colorista, algo naif e inconfundiblemente ochentero Autorretrato con perro (collage de técnica mixta de 1983) y se cierra con un inmenso Sin título que podría subtitularse algo así como La santificación del tomate.

En medio, el estallido matérico de Barceló, ejemplificado en esa La gran cena española, esa inabarcable técnica mixta que un buen día hubo que restaurar porque sus arroces y sus fideos se autoinmolaban ellos solitos... las pinturas del desierto, blancas e infinitas, producto de sus devaneos mentales tras una estancia en el Sáhara; su esposa Cécile, embarazada de nueve meses, convertida en una fuente de barro; las inquietantes visiones nocturnas, las crucifixiones, el sexo, la autoparodia, la fruta podrida, los efluvios de la fruta podrida, el inconfundible primitivismo pictórico de un clásico del arte contemporáneo. "Mi vida se parece a la superficie de mis cuadros": rugosa, bestia, desolada, temible. La superficie, queremos decir.

El País 9/2/10



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